
La muerte es una certeza que nos acompaña a todos los seres humanos. Nuestros actuales modelos de enterramiento consumistas expresan un desprecio por la tierra que hemos recibido en custodia.
Tradicionalmente el cadáver ha estado separado de los vivos por razones higiénicas, pero con una simbología para dar sentido a la ausencia. Esto explica el enterramiento, la cremación, la inmersión o el canibalismo. Esta simbología se suele relacionar con el retorno a la tierra, al agua, a la purificación del fuego. Hace 30.000 años las inhumaciones adquieren un carácter religioso. En algún momento de la historia de la humanidad surge la creencia en el más allá y esta visión de trascendencia evoluciona con expresiones rituales que pasan por el embalsamamiento o la momificación. Los indoerupeos introducen la incineración en la península ibérica. Con el retorno del cristianismo retorna el enterramiento. Hoy día, en España, para ser enterrados hay que adquirir licencia de sepultura. Luego, se compra el féretro o la urna (si se incinera), y se contrata el traslado al cementerio/crematorio. Hay prestaciones complementarias como la estética, la gestión de la adjudicación de sepulturas, la contratación del tanatorio, de las salas de duelo, del funeral religioso o civil, el alquiler de coches, la publicación de esquelas y confección de recordatorios, libro de firmas, suministración de ornamentos florales, lápidas y ornamentos, prácticas aseguradoras, etc. En España está prohibido enterrar o incinerar cadáveres sin ataúd. Existe una tercera opción: la donación para la ciencia o para trasplantes (una excluye la otra).
Según datos del Green Burial Council, en los entierros tradicionales en EU se emplean cada año 82 mil toneladas de acero, unas 2 mil 500 toneladas de bronce y cobre y 1.4 millones de toneladas cemento, utilizado para mantener la forma de las tumbas.
La incineración estuvo prohibida en España por la Iglesia Católica hasta el 1964. Para poder construir el primer horno crematorio (1973) hubo que pactar con la jerarquía eclesiástica. El progreso higiénico y el ahorro de terreno impulsaron su aprobación y difusión. Hoy la tendencia es creciente (20%), aunque en Occidente suscita aun reticencias. Algunas comunidades religiosas se oponen (musulmanes, judíos, cristianos ortodoxos), ya que tienen como precepto el presentarse ante Dios con el cuerpo integro.
Para calcular el “impacto ambiental” de una incineración hay que saber que el gasto de gas es enorme, pues la temperatura debe llegar a 700 grados (el cuerpo humano contiene un 90% de agua) y que la cremación emite dioxinas contaminantes por la combustión del cuerpo, de los tapizados sintéticos internos y de los barnices del ataúd. Es fuerte la contaminación de mercurio por la combustión de metales (prótesis dentarias y otras...) y pocos hornos están dotados de filtros eficientes como pide la Unión Europea. Las cenizas no suelen ser un gran problema, mayor problema es el abandono de urnas en mares y bosques. Lo cierto es que la cremación hoy no es una alternativa sostenible en cuanto responsable del 16% de la contaminación atmosférica y cómplice del efecto invernadero.